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Lucas veía las paredes de color chicle.
De hecho, la habitaciones de los hospitales y las postales de París siempre son iguales. Y Lucas estaba en el hospital. “Estoy en el hospital” les decía a los que le iban a visitar. Estaba en el hospital. Lucas.
–Tienes para elegir: pastillas verdes, amarillas, rojiblancas –le dijo la enfermera.
–Verdes –eligió Lucas–, cien gramos; sin hueso.
La enfermera le dio otras, las que ella quiso. Las enfermeras visten de blanco en los hospitales.
El compañero de habitación de Lucas estaba dormido y la silla de las visitas vacía. Lucas tenía la impresión de que la silla se estaba riendo de él. La silla era pura maldad. Cuando se fue la enfermera, Lucas empezó a hablar con la silla: “Ya verás, va a venir; si no es hoy, el día de San Nicolás, si no es el día de San Nicolás… pero vendrá, y se sentará encima de ti y estaremos hablando hasta la noche, y después de la noche también, y después cogeremos el autobús, a casa.”
Entonces escuchó un tranvía, de los antiguos.
Miró hacia la izquierda y en primer plano vio el suero tac-tac y en segundo a Anas, dormido. Era más joven que él. Setenta y siete. Y dormía; y parecía que iba a dormir hasta desintegrarse, y hacía ruidos peculiares.