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Lulabi
El tren olía a bolígrafo. Y Matías acababa de escuchar esta conversación en el andén, justo antes de entrar al tren:
–Por favor, yo voy a Lerton. Mi tren, por favor –una mujer anaranjada.
–Como no vaya usted a un helipuerto –el jefe de estación.
–¿Cómo?
–No hay trenes. A Lerton quiero decir. No hay estación. Quiero decir que no hay estación en Lerton. Claro –el jefe de estación.
–¿Y cómo lo sabe usted?
–Por intuición.
–¿Y en autobús, podría ir?
–Sí, en autobús sí. Si compra usted un autobús.
Eran pesadas las maletas de Matías, y llevaba una en la mano derecha y la otra en la izquierda. Llevaba también las ganas de ir al baño, exactamente detrás de la cremallera del pantalón; también eso llevaba, exactamente en la mitad de los dos bolsillos delanteros. Y también eran pesadas las ganas de ir al baño.